El extraño fenómeno de nevada invertida que ocurre en un satélite de Júpiter

Hablemos de Europa. No, no del continente europeo, sino de uno de los tantos satélites que giran alrededor de Júpiter, y que ha sido cautelosamente observador por los científicos durante años.

La primera vez que la humanidad fue consciente de la presencia de los satélites de Júpiter fue en año 1610, gracias a las observaciones que realizaba Galileo Galilei con su rudimentario telescopio.

En aquel entonces, Galileo pudo identificar cuatro satélites que actualmente se catalogan como “satélites galileanos”, conformados por Europa, Ío, Ganimedes y Calisto, y se tratan de los más grandes que posee.

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Se dice que fue un 7 de enero de 1610 cuanto Galileo avistó esas pequeñas masas cerca de Júpiter, y tuvo que pasar varios días para ver que tenían una tendencia de movimiento alrededor de la órbita de Júpiter, descubriendo que se trata de sus satélites.

Con el paso del tiempo y la evolución de la tecnología astronómica, poco a poco fuimos capaces de ver más allá y hallar muchos otros satélites de menor tamaño. Incluso en la era moderna de la tecnología, aún continuamos descubriendo cada vez más satélites.

Durante mucho tiempo se creyó que Júpiter tenía 63 lunas, pero actualmente el conteo ha llegado a 79 satélites. Aun así, esto no fue suficiente para mantener su nombre del “planeta con más satélites naturales”, pues a Saturno se le han contado 82, sin duda, la exploración de nuestro sistema solar aún está en pañales.

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Si bien, muchos de los satélites recién descubiertos aún no tienen nombre, el satélite galileano del que hoy hablamos fue nombrado Europa  por Simon Marius. No, nuevamente no por el continente, sino por el nombre de la madre del rey Minos de Creta de la mitología griega.

En la leyenda,  el dios Zeus se transforma en un toro blanco para mezclarse entre el ganado del padre de Europa. Mientras ella recogía flores cerca de la playa, ella se acercó al toro blanco que se mostraba manso y dispuesto a ser montado.

Una vez que Europa se monta sobre su espalda, Zeus la secuestra llevándosela al mar, donde nadó hasta llegar a Creta, la tierra natal de la joven princesa. Cuando Zeus revela su identidad, la hace reina de la isla, y actualmente es considerada la amante del dios. Esta historia también inspiró el nombramiento de la constelación Tauro o Taurus, y el continente de Europa.

Esto es lo que sabemos hasta ahora de Europa luego de las investigaciones de la NASA

En realidad, el nombre de Europa no fue popularizado hasta la década de los 50, cuando ya éramos más conscientes de lo que ocurría afuera e incluso se hicieron los primeros intentos por llegar a la Luna, antes de eso, era nombrado como Júpiter II (o el segundo satélite galileano de Júpiter).

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Ahora, ya no lo veíamos desde telescopios terrestres, sino de primera mano con sondas espaciales que fueron lanzados en la década de los 70 con dirección hacia Júpiter, y mostrando que de hecho, es el sexto satélite.

En cuanto a tamaño, es un poco más pequeño que la Luna, y gracias a los diferentes instrumentos científicos de medición en las sondas espaciales, pudieron encontrar presencia de silicatos y prácticamente una corteza compuesta por agua congelada.

A comparación de muchos otros satélites, este sí cuenta con una delicada atmósfera compuesta por diferentes gases, entre ellas el oxígeno. Además, se estima que en su núcleo abundan el níquel y hierro.

La primera imagen nítida de Europa fue realizada por la nave espacial Galileo en 1966, que viajó a 677.000 kilómetros. En la foto vemos un satélite con una apariencia similar a nuestro satélite, excepto por la presencia de enormes estrías y grietas, también resaltando la ausencia de cráteres.

Como se podrá deducir, lo que ha traído especial atención de los expertos la corteza compuesta completamente de agua congelada, es como una gran esfera de hielo flotando en el espacio.

A pesar de las múltiples rayas propias del hielo, no hay señales de colisiones de meteoritos. Es como ver un satélite “bebé” que no ha pasado aún por las inclemencias del espacio, pero se estima que esto es debido a que esconde un océano líquido debajo de la inmensa capa de hielo.

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Dicha hipótesis trata de explicar que debajo de la capa de hielo hay mucha actividad de mareas que causan calor (muy similar a la actividad en las placas tectónicas de la Tierra) y a su  vez permite que el agua líquida nunca se congele, de ser correcta la hipótesis, Europa podría ser un lugar propicio para la vida.

La NASA aún sigue descifrando a este extraordinario satélite. Tan solo en 2015, científicos encontraron  presencia de sal marina en capas subsuperficiales de hielo, esto es una pieza más al rompecabezas sobre las características geológicas del satélite.

Además, esta presencia de sales también podría significar que el océano congelado no es estático ni está separado, sino que interactúa constantemente con el fondo del mar, trayendo dichas sales hacia la subsuperficie, lo que a su vez también podría dar más pistas sobre la capacidad del satélite de contener vida.

Europa es como “el mundo al revés” con respecto a ciertos fenómenos terrestres

Es muy interesante descubrir que muchos fenómenos ocurridos en Europa se asemejan mucho al de nuestro planeta, pero invertidos o contrarios, tal y como la actividad subterránea o tectónica, que en vez de tierra, ocurre con agua.

¿Es éste el origen del agua en la tierra?

En nuestro planeta, las placas tectónicas se mueven, generando energía y liberándose en los ya conocidos temblores o terremotos, y ahora descubrimos que no es algo único de materiales sólidos, también líquidos como ocurre con las mareas profundas de Europa.

Estas mareas deberían ser bastante implacables y violentas para generar la energía calorífica para mantener el estado líquido. Tan solo veamos la influencia que tiene la Luna, un satélite pequeñito, para crear la marea en nuestra agua.

Sin duda es difícil imaginar la actividad de la marea que interactúa con el vasto poder gravitacional de Júpiter a su lado.

Otra característica nada nueva en el satélite de Júpiter son las crestas, domos, y estrías oscuras sobre la placa de hielo, que mientras aquí las podemos ver en la superficie, también en nuestro planeta las podemos ver pero en las placas de hielo en el fondo del lecho marino.

La zona rift (o cordillera dorsal oceánica), sería el equivalente pero observables desde la superficie, mostrándose a simple vista las fracturas provocadas por la increíble fuerza de la marea producida por Júpiter.

También mencionamos anteriormente que cuenta con una delgada atmósfera, una característica que únicamente poseen los satélites más grandes de nuestro sistema.

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En cuanto a planetas, hasta ahora se han hallado atmósferas con una buena cantidad de oxígeno, así que Europa destaca por su composición de hidrógeno y oxígeno, elementos que posiblemente llegaron a su atmósfera debido a la evaporación del agua.

Lo interesante a anotar es que la gravedad de Europa es tan escasa a comparación de Júpiter, que los gases de hidrógeno alcanzan a escapar de la casi difusa atmósfera, pero el oxígeno se ha mantenido dentro.

La “nieve invertida” otro fenómeno de Europa que es diferente al de nuestro planeta

El hallazgo más reciente que han hecho los investigadores del satélite es un fenómeno bastante único que parece ser propio del hielo de Europa.

Como sabemos, nuestra atmósfera es capaz de transformar el hielo en agua en los lugares más fríos, por su peso, estas caen precipitadas hacia el suelo, causando las típicas y hermosas nevadas.

Pero en el satélite de Júpiter no es así, recordemos que es el “mundo del revés” por la influencia de la aplastante gravedad del planeta más grande de nuestro satélite.

Así que no extraña ver que, en vez de que el hielo se forme en las nubes y caigan al suelo, es el hielo de la superficie el que empieza a elevarse.

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Para poder explicar esto en su artículo publicado por el repositorio científico, Astrobiology, resolvieron utilizar de referencia el Ártico. Aquí menciona que varios factores como la presión, salinidad y temperatura del océano del satélite son bastante similares a los que encontramos debajo de la capa de hielo en el océano Ártico.

La excepción, por lo tanto, es la forma inversa en la que se precipita el hielo, teniendo más similitudes que diferencias especialmente en tres aspectos:

  • La presencia de hielo frazil (pequeños cristales milimétricos de varias formas y  sueltos) que está relacionado con las variaciones mínimas te temperatura.
  • Hielo dulce y agua salada (donde la sal tiende a separarse del agua antes de  congelarse).
  • Hielo de congelación (hielo característico cuando el agua del área limítrofe del océano se congela y es recubierta por una capa de hielo)

Estos hallazgos han hecho mucho más atractivo este planeta, especialmente por las similitudes que encontramos en nuestro planeta, y que fortalece más la posibilidad de encontrar la añorada vida extraterrestre.