Descubren el «accidente» que nos convirtió de simples primates en seres humanos

Aunque no nos podemos ir muy al pasado de nuestros múltiples ancestros, sí hemos podido rescatar algo de uno de los más próximos que tenemos, los neandertales.

De esta línea de humanos primitivos hay una gran diferencia entre su estructura cerebral y la nuestra, especialmente en una parte fundamental que nos hace quienes somos, las diversas capas corticales.

Hasta ahora, ha sido imposible para la ciencia conocer con exactitud cómo es la forma, organización y las funciones de cada una de sus capas corticales, algo que se lograría si tuviéramos un cerebro perfectamente conservado. Pero lo que sí se ha podido examinar a través de los fósiles es su material genético.

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Parte del rompecabezas podría encontrarse en una alteración de nuestro genoma

De hecho, estamos ante una teoría formulada en algún momento por Svante Pääbo y Wieland Huttner, ambos científicos de gran prestigio, el primero dedicado a estudiar la secuenciación de los genomas de nuestros ancestros humanos, y el segundo ha sido un pionero en el estudio del desarrollo del cerebro embrionario, y las características que nos diferencian como humanos.

Fue así como ambas personalidades idearon conocer más sobre el cerebro neandertal a través de su genoma, pues son nuestros genes los que tienen la información necesaria para “moldear” nuestro cerebro humano.

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Con estudios anteriores con simios modernos, los investigadores se dieron cuenta que la diferencia entre el cerebro humano y el de los simios que son nuestros “familiares” en cuanto a que ambos somos primates, es que un aminoácido llamado TKTL1 ha hecho la gran diferencia.

Este aminoácido se encuentra de forma abundante en la corteza del cerebro humano en su estado embrionario, concentrándose en gran cantidad en nuestro lóbulo frontal, zona donde se llevan a cabo las más importantes funciones cognitivas muy complejas, como nuestra capacidad de elegir, tomar decisiones voluntarias y conscientes, así como la planificación.

Tras darse cuenta de esta característica presencia del TKTL1 en el cerebro humano, los científicos decidieron reinterpretar el aminoácido moderno y la antigua en cerebro de ratones cuyo cerebro tiene una corteza muy lisa y pequeña, también haciendo el mismo procedimiento en hurones cuya corteza tiene más pliegues y es grande.

Al evaluar la TKTL1 moderna, se dieron cuenta que aparecía en abundancia una célula llamada bRG, el cual está relacionada con la capacidad del cerebro de producir neuronas corticales, mientras que la TKTL1 antigua no tenía el mismo efecto.

También se hizo una observación interesante con los hurones, quienes mostraban un aumento de tamaño y pliegues en su corteza cerebral con el aminoácido moderno, lo que significa un gran cambio no solamente en apariencia.

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Pues recordemos que si algo separa a los humanos de los simios y otros animales es nuestro cerebro lleno de pliegues, lo que significa que nuestro cerebro ha tenido que reducir el espacio que ocupa dentro de nuestro cráneo al ser muy grande, y por lo tanto, más avanzada.

Con esta investigación se podría concluir que este pequeño factor llamado aminoácido TKTL1 moderno, aunque parecía pequeño e imperceptible, ha podido hacer un cambio impresionante en la estructura de nuestro lóbulo frontal.

Sin embargo, aún quedaría un gran camino de investigación para encontrar otros posibles factores que nos diferencien de otros primates, especialmente porque, aunque parece que lo explica todo, de hecho mucho está sujeto a la interpretación y supuestos.

Otras teorías más conocidas sugieren que los cambios cerebrales surgieron por el estilo de alimentación de nuestros antepasados

Seguramente has escuchado alguna vez que, en el momento en el que nuestros antepasados utilizaron el fuego para cocinar su carne, es cuando empezaron los verdaderos cambios.

Este dato altamente propagado surgió en la década de los 80 y tomó más forma en la década que le siguió, donde estudios científicos que eran más del área naturalista que neurológica o genética, comenzó a sugerir que el cambio de dieta en los homínidos habría sido el detonante de nuestra inteligencia.

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Entrando más en detalle, esta teoría formula que nuestros antepasados que ya podían erguirse sobre sus dos pies y comenzaban a cazar, comenzó a abundar la carne en su dieta, lo que pudo haber causado que su cerebro comenzara a ganar tamaño.

Peter Wheeler y Leslie C. Aiello son dos de los científicos más destacados en esta teoría que ha dado mucho de qué hablar. Ellos inician con el supuestos de que los homínidos con cerebro más grandes que sus antepasados, si bien no eran muy “inteligentes” como el humano moderno, tenían lo suficiente para empezar a crear sus primeras herramientas.

Dichas herramientas han sido la clave, pues gracias ellas ya eran capaces de poder romper huesos de sus presas y así poder alimentarse del tuétano, gran fuente de nutrientes energéticos.

Con esto llegó una alimentación rica en grasas y proteínas animales que pudieron aumentar el tamaño de su cerebro a través de miles o millones de años, y con este crecimiento de volumen comenzó a asomarse la inteligencia.

Esto podría traducirse en que nuestra característica inteligencia ha sido más bien un “accidente” meramente ambiental que vivieron nuestros antepasados, y no tanto una evolución que ha venido de a gratis con nuestro genoma o por gracia divina.

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Esta tesis todavía se sigue estudiando con detenimiento por otros científicos, como Juan Luis Arsuaga, quien habla de ello en su libro “Los aborígenes”, donde toca el tema de la alimentación como principal propulsor de la evolución del ser humano.

Arsuaga dio un giro de perspectiva reconoció a la  carroña como parte fundamental de nuestra evolución humana, que le ha permitido reestructurar y expandir nuestro cerebro. Pues se dice que algunos de nuestros antepasados no se dedicaban principalmente a la cacería, sino a la carroña que aumentó dramáticamente la fuente de alimentación a base de carnes.

Dicha postura incluso podría dar lugar a que el consumo de tuétano de huesos pudo haber iniciado mucho antes de la llegada de las primeras herramientas, tal vez por la era del Australopithecus quien pudo haber utilizado rocas para este mismo propósito, así como los simios lo hacen en la actualidad para abrir nueces.

Así que, aunque nunca hemos podido ver un cerebro ancestral, posiblemente encontraríamos que los cerebros de nuestros antepasados mostraban una gradual aparición de cada vez más pliegues.

Otros científicos se muestran escépticos, pues nuestro cerebro es tan complejo que ni siquiera estos estudios rascan la superficie

En el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución humana también tienen su propia opinión con este estudio, y es de que el cerebro es un órgano es demasiado complejo, pero no tanto como los procesos cognitivos que lleva a cabo, eso no es todo, también los diferentes factores ambientales juegan un papel fundamental.

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Por ello, centrar la respuesta a únicamente un aminoácido en nuestro genoma sería algo reduccionista. Es una conclusión demasiado grande como para que únicamente un gen haga todo esto posible. Además, los experimentos de expresión celular y cultivo del estudio no arrojan tampoco resultados tan completos como para llegar a una conclusión de esa magnitud, así menciona Emiliano Bruner.

También la Universidad de Navarra ha publicado un artículo publicado por Carlos Marmelada donde expresa que desde el punto de vista puramente científico, es muy difícil que actualmente la humanidad pueda descifrar a ciencia cierta  cómo ha surgido la inteligencia humana, de hecho, muchos otros científicos más piensan que posiblemente nunca seamos capaces de hacerlo.

William H. Calvin, neurofisiólogo de la Universidad de Washington, también ha declarado que posiblemente nunca habrá un “acuerdo universal” para poder definir la inteligencia humana o la conciencia. En pocas palabras, no se puede encontrar físicamente algo que para empezar no existe en este plano y no sabemos definir.

Pues si bien, podemos ya saber por qué nuestro cerebro luce como lo hace y algunas funciones que desempeña cada parte de ellas, prácticamente no podemos saber de dónde viene la inteligencia que tanto nos caracteriza, nuestra creatividad, capacidad de resolver problemas, inventar y mucho más.

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Capacidades que incluso los neandertales mostraron tener en cierto grado en el momento en el que idearon hacer herramientas cada vez más sofisticadas por ejemplo, y luego su sucesor, el primer homo sapiens ya mostraba funciones cognitivas más complejas como tener el ritual de enterrar sus muertos dentro de una cueva específica, ¿cómo es posible saber de dónde viene esta evolución cognitiva con solo ver pliegues en el cerebro?

Así es, estamos ante el obstáculo de toda la vida de los científicos, la de saber de dónde provienen procesos que no son físicos, no se pueden ver ni siquiera abriendo un cerebro o conectándolo a nuestros aparatos sofisticados que se limitan a leer la actividad cerebral.